
Entré, no sin cierta aprensión. Los gimnasios han sido siempre, para mi, un mundo extraño. A mi falta de voluntad se añade el desagrado por el esfuerzo físico, por la congestión y el sudor, por esa obsesión de llevar la anatomía al máximo. No obstante, admito que nuestra vida sedentaria fabrica cuerpos anquilosados y que es evidente y necesario mover mínimamente nuestras articulaciones, músculos y demás órganos para avanzar por la vida con mayor elasticidad. Probado está, también, que la práctica del deporte estimula la hipófisis y que ésta segrega maravillosas endorfinas a modo de opioides endógenos, como una droga natural de potente poder antidepresivo, que aumenta la autoestima y la sensación de bienestar. Dicho ésto, y armada con zapatillas de deporte, ropa cómoda y pocas ganas iniciales, entré, como dije, no sin cierta aprensión.
El vestuario, a esas horas mañaneras, estaba nutrido de personajes muy diferentes a los que acostumbraba a ver en mi último intento de acudir a un gimnasio, cuando yo trabajaba y el horario posible consistía en robarle unas horas al día, comunes a cientos de currantes de mi misma condición que atestaban las salas. Ésta vez, todo estaba poblado de mujeres mayores. Al lado de las taquillas, una fila de carritos de la compra esperaban que sus dueñas, de mercado diario como antes se solía, terminaran de ducharse y vestirse para seguir sus quehaceres de abuelas, esposas y madres amas de casa. Algunas, asistían con su nieto, al que sus padres habían endosado a la anciana canguro obligada. -Imposible que nos llegue para guarderías-, dirían los padres trabajadores si preguntáramos. Las conversaciones, centradas básicamente en el recuerdo del marido fallecido -un aburrido y un pesado, no me llevaba a ningún sitio. Eso si, era tan buena persona... Y mira, ya hace siete años que murió-, los nietos -aprovecha que los tuyos son pequeños, que dura poco, y luego ni se acuerdan de ti-, los viajes -hacía cuarenta años que no iba a Mallorca, pero estos viajes del Inserso son estupendos, he vuelto por cuatro chavos, y nos lo pasamos tan bien...-, o, en menor medida, las enfermedades. Será que las abuelas deportistas están más sanas.
La sala de máquinas (que me recuerda, por su nombre, más a la bodega de un barco repleta de hornos, carbón, hollín, tuercas y llaves gigantescas, que a un lugar donde ejercitar los músculos), lo mismo. Aquí estaban mezclados alegremente ellos y ellas. Algunos, bicicleteando mientras hojeaban la prensa gratuita. Otros (cuya cara roja, cubierta de sudor y congestionada, me hizo temer más de una desgracia), caminando a paso ligero por una cinta sin fin, o intentando levantar pesos que quizá lograban levantar en el pasado, pero que ésta vez se resistían, tozudos e impertérritos.
Me puse a pedalear intentando ir a lo mío. A los cinco minutos, el señor de al lado ya me estaba contando que a ése de ahí, aquel bajito, le habían puesto una malla en una vena del brazo, o eso decía, y que no lo entendía. ¡Gallego!, le llamó a grito pelado. -Le llamamos gallego; es que es de Galícia- dijo. -Ya- repuse yo, lacónica.
Vino el gallego y nos contó exactamente en que había consistido su operación. Digo nos, porque a esas alturas yo ya era, por narices, partícipe de la tertulia aunque me mantuviera callada o asintiendo con cortantes monosílabos.
Logré deshacerme de tan agradable compañía (que lo eran, o en otras circunstancias lo hubieran sido), y me dispuse a marcharme, no sin antes echar un vistazo a lo que llaman zona de aguas. Allí, reparé en una piscina redonda repleta de años, de muchos años si sumáramos los de aquellos bañistas que se relajaban en el agua caliente, entre burbujas y vapor, como guisantes en el caldo.
Una vez vestida y arreglada, salí de allí como se sale de donde has ido con desgana, esto es, contenta y satisfecha por superar mi reto personal. Además, e imagino que fruto de las endorfinas, me alegré de que haya, todavía, quien conserve la ilusión y las ganas de moverse, pese a los años, que pesan.